
Si el varón se acostumbrara a ponerse en el lugar de la mujer y la mujer en el del varón, la vida sería más bella en las casas, y así por todo el planeta. Si simplemente nos habláramos intentado sinceramente ponernos en la piel del otro, nos comprenderíamos mejor y quién sabe, tal vez acabaríamos amándonos. Cada vez que uno espera que otro de el primer paso, se hace mal a sí mismo, y cada vez que uno se preocupa ser comprendido antes que comprender, se equivoca.
Dios se metió en nuestra piel, tomó nuestra carne. Se hizo uno de nosotros. Y Jesús nos enseña a no mirar al otro desde arriba, desde nuestra suficiencia, sino a abajarnos, a hacernos cercanos al otro, a caminar sencillamente a su lado. Estamos llamados a la espiritualidad de ponernos en la piel del otro, esa fue la espiritualidad de Jesús.


